Chorale

Diego Gonzalez Gomez & Gabriela Salomon

2026

Curaduría: Marco Valtierra

Hay un momento, antes de una exposición, en el que las cosas aún no están terminadas. Un clavo en la pared, sin obra. Un Post-it en el que se puede leer «aquí», «en el centro», «a la altura de los ojos», señalando un espacio vacío. La instalación se revela, con la posibilidad de que aquello que se señala nunca llegue a completarse. Las herramientas de montaje de una exposición, aquellas que habitualmente desaparecen justo antes de la llegada del público, han permanecido en el espacio. Estos objetos que circulan de mano en mano —una escalera, una caja, un martillo, cualquier elemento que se guarda por si hace falta— no son las herramientas de Espacio Cabeza —el espacio con sede en Guadalajara, México que colabora en esta propuesta—, pero podrían haberlo sido. Al ser expuestos, dejan de ser simples herramientas y se convierten en testigos de la cantidad de trabajo, del tiempo y de la voluntad necesarios para sostener un espacio independiente. Tal vez un espacio independiente se construya precisamente así, sin una explicación del todo convincente. Con lo que se tiene. Con lo que alguien aporta. Con alguien que lo abre una vez más, incluso sin una justificación suficientemente convincente. Hay una economía afectiva en estos gestos, una especie de insistencia que desdibuja las fronteras entre el trabajo, la atención y la simple existencia. Que Chorale tenga lugar en Julio es importante por esta razón. Lo que se desplaza de un espacio a otro no es solamente un conjunto de objetos, sino una manera de actuar. Dos lugares que se reconocen en su capacidad de existir en el tiempo, de hacer apuestas y de mover los límites. La exposición explora aquello que hace posible una relación sin una causa externa que la explique. Una proximidad, una voluntad, una manera de estar juntos. Entre dos artistas y dos espacios, la propuesta se sitúa en el punto en el que sostener algo se convierte en una manera de hacerlo existir. A las herramientas de montaje se suma un pequeño mecanismo de caja de música, fijado al objeto como si hubiera brotado allí por azar. El cilindro, los dientes, el peine metálico, todo está a la vista. El mecanismo reacciona a la proximidad, alguien se acerca y la herramienta canta. Entonces, algo imprevisto tiene lugar en el espacio. Una persona activa un sonido, luego otra y otra más. Los sonidos se entrecruzan, se pierden y regresan. A veces reina el silencio. A veces hay demasiados sonidos al mismo tiempo. Nadie dirige esta partitura. No existe una pieza terminada que espere ser escuchada. Cada persona que entra modifica el conjunto. De eso trata Chorale. De una música que no existe de manera aislada. De algo que surge entre los objetos y las personas, entre una herramienta y quien elige utilizarla. También del vínculo entre los artistas, aquí Diego González Gómez y Gabriela Salomón. Y quizá también de las relaciones que teje todo espacio que permanece vivo sin que sepamos exactamente por qué. Hay relaciones que no necesitan una justificación para perdurar, salvo esa energía adicional que alguien aporta al ponerlas de nuevo en movimiento. Marco Valtierra